Aprendiendo a leer
Mi mamá siempre andaba tras de mí obligándome a leer libros. Recuerdo que ella me sentaba en la mesa de la cocina con uno de esos libros de “Un cuento para cada día”, y haciendo honor al título me hacía leer un cuentocada día. Cada vez que leía mal una palabra ella la decía correctamente mientras seguía picando las cebollas, y yo pensaba “ala! se sabe todos los cuentos”.
Recuerdo haber leído las aventuras de “Iván el Terrible”, “Sinbad el marino” (sí, con ‘n’), y uno que no me acuerdo el nombre, pero que trataba de un pescador que se encontró con un pez que hablaba y que le prometió cumplir sus deseos, al pescador, a cambio de que no se lo coma. Pero la mujer del pescador pedía deseos cada vez más opulentos, hasta que el pez le quitó todos los deseos cumplidos. No recuerdo bien cuál era la moraleja, pero lo que sí recuerdo es que fue la primera vez en la que aprendí que las mujeres pueden ser muy ambiciosas. Miren por dónde viene uno a darse cuenta, no?
Cuando niño viví algunos años en Santiago, con la famlia de mi mamá. Recuerdo que se me dio por no querer leer más, además mi mamá no podía estar tras de mí porque tenía que ir a trabajar y yo me quedaba solo. Error. Porque además de escuchar los sermones de mi mamá tuve que soplarme los de mi tía, que era socia activa de la biblioteca Andrés Bello, en Santiago. Figúrense!! Cada domingo que visitábamos a la tía Amalia era un castigo para mí, porque yo era el tema de conversación; escuchaba a mi mamá decir “que el Gonzalo no quiere leer”, “que su maestra dice que él puede dar más”, “que no sé qué voy a hacer”, “que qué va a ser de su vida”, y un largo etcétera de frases de lamentos maternales. La tía Amalia se tomó a pecho el encargo y me dio asignaciones de lecturas, incluyendo preguntas de compresión lectoras. Y claro, como la tía era socia activa de la biblioteca Andrés Bello, no escatimaba esfuerzos en obsequiarme cuanto libro pasaba por sus manos.
Recuerdo que me hacía preguntas sobre las injusticias de la vida. “Qée injusto -pensaba- que justo cuando acabe el colegio tenga que ponerme a leer en casa”. Recuerdo que hasta deseaba haber nacido en la casa del vecino que permitía que sus hijos jueguen pelota todo el día, “esa sí es vida”, pensé, “no tener que andar leyendo a Papelucho”. Así transcurrió mi niñez, entre páginas e injusticias. Ya en Lima nuevamente, mi tía Amalia se encargó de mandarme libros de vez en cuando. Y claro, tuve que escuchar nuevamenta la cantaleta de mi madre, pero esta vez quejándose ante mi padre.
Mi papá tenía otros métodos, digamos más dolorosos, para cultivar en mí el maravilloso hábito de la lectura. No veía nada maravilloso en que se me obligue a leer. Pensaba en que era una víctima del sistema, que no reconocía mis derechos, que era pisoteado, que no había nada malo en jugar. Pero pocos servían mis argumentos ante la correa amenazante de mi viejo.
Y leí. Estoicamente tuve que aguantar la paliza y ponerme a leer. Debo confesar que extrañaba a mi tía Amalia; porque ella me hacía preguntas con la intención de desarrollar en mí el hábito lector, es decir, no importaba lo que yo respondiera, total ella sólo que me ponga a leer. en cambio, mi papá no, él sí quería una respuesta contundente a sus preguntas, además no importaba cuán bien le respondiera , para él siempre estaba mal lo que yo diga. A esto se le sumaba la ira que mi viejo sentía cuando revisaba mis notas escolares, es que yo no era muy bueno cuando de dictados se trataba.
Recuerdo haber comenzado unas doce veces “Historia de dos ciudades” de Charles Dickens. Recuerdo haber pintarrajeado la primera hoja, colocando un ‘Batman’ al lado de la diligencia de Dover en la primera hoja. Pero una vez hice el esfuerzo de terminar por lo menos el primer capítulo para saber de qué se trataba en bendito libro, por lo menos para saber a qué ciudades se refería, porque se me había dado por ubicar en el mapa cuanta cuidad oía.
Recuerdo haber llorado cuando Dickens escribió las posibles palabras que Sidney Carton hubiera dicho antes de que hiciera un sacrificio vicario en favor de Charles Darnay. Lloré Me emocioné mucho, deseé ser Sidney Carton, ese brillante y cabizbajo abogado que estaba profundamente enamorado de Lucía Manette, a tal extremo de permitir que ella viva feliz al lado de Darnay. Sí amigos, acabé el libro.
Y después no había quien me parara: “Viaje alrededor de la luna”, “Papelucho en la Clínica”, acabé con los cuentos para todo el año en un mes, y seguí con las fábulas, “La vuelta al mundo en 80 días” y así un grna número de libros de corte juvenil. Ya mayor leí “No se lo digas a nadie” de Jaime Bayly, más por curiosidad que por otra cosa, “La furia de Aquiles” de Gustavo Rodríguez, y ahora último “Abril Rojo” de Santiago Roncagliolo. Y muchos más.
El hecho es que ahora me siento profundamente agradecido a todos aquellos que me obligaron a leer. La lectura me volvió más reflexivo, más pensante, más silencioso, más paciente. Incrementó mi bagaje léxico y ayudó notablemente en mi ortografía, tanto así que lo veo como un signo de distinción mío.
Yo diría que la lectura es un vicio confortador. No se nos van a quemar los sesos como al Quijote, no. Al contrario, nos hará personas más críticas, veremos la cosas desde distintas ópticas. Y si nos acostumbramos a escribir nuestras impresiones y nuestras memorias, mejor aún.
Por eso, ahora no puedo estar sin leer.
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Me gustaria que supieras que para mi, eres lo mas hermoso del mundo, que eres mi bebe y mi guia en muchas ocasiones. Te amo con toda mi alma, se que muchas veces discutimos porque somos muy diferentes y casi siempre pensamos distinto, pero eso no hace que te quiera menos, al contrario, te valoro cada dia mas. Un beso amor.
Que curioso!
Parece que a todas las madres intentamos cultivar el gusto por la lectura en nuestros hijos casi a la fuerza, tanto que muchas veces nos sentimos culpables, pero que es peor, tengo dos pequeños, mi hija aprendió a leer a muy temprana edad, y la lectura sagrada de las mañanas era presisamente mientras concinaba, muchas veces al recordarlo me siento culpable porque ella sufría mientras lo hacía, esa culpa me llevó a hacer todo lo contrario con mi hijo menor, y aunque lo he intentado, el de plano se niega a leer.
Por lo mismo te pregunto: ¿Cees tu que el gusto por la lectura nace en nosotros o se hace?
Mira, te cuento una anécdota que le sucedió a Luis Jaime Cisneros, un lingüista peruano. Él cuenta que de pequeño su padre hacía que todos sus hijos llevaran a la mesa una palabra nueva (que no conocieran) y que hicieran cinco oraciones utilizando esa palabra; esto era un requisito antes de comer.
Más tarde Luis Jaime Cisneros llegó a ser Presidente de la Academia Peruana de la Lengua, es un prominente filólogo.
Sí, pienso que hay que inducir al infante a desarrollar la lectura, la escritura y la comunicación . Quizá haya alguien que se interese sin estímulo alguno, pero será una excepción y no una regla. A estimularlos!!
Gracias por tu comentario.
Gonzalo,
te agradezco tu comentario para con mi sitio. Tienes muchísimo por contar, creo que tu vida te sirve para una gran Biografia.
De acuerdo a todo lo que eres como persona ya siento en ti a un gran escritor. Pue pocas son las personas que pueden expresar tanto mediante la escritura.
Quisiera que me hcieras un comentario de acuerdo a tu opinión acerca de los profesores de nuestro Chile actual. Están los maestros de antes o ya no existen.
Gracias.
Gonzalo:
Para mí la lectura significó, durante mi aprendizaje, una suerte de escape o liberación…hasta hoy, de alguna manera, lo sigo considerando de esa forma… quizá por la infancia que me tocó vivir -no pretendo ser grave- pero sucede que cuando los padres tienen otras prioridades y urgencias en la vida descuidan tus requerimientos…y, de repente, aparecen esas mágicas personas, una suerte de Pygmaliones positivos, que nos instan a buscar otras visiones de nuestro mundo …y nos ofrecen un libro…porque tienen fe en nosotros o porque sencillamente nos aman mucho.
Sí o sí la lectura debe estimularse desde pequeños…de eso estoy rotundamente convencida.
Saludos,
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