Demetrio Puicón

En octubre del 2002 me encontraba sirviendo como misionero en Chiclayo. Tenía como compañero un misionero norteamericano, obviamente de Utah (la fábrica de mormones, jeje), que no podía hablar el español como hubiera querido. Yo siempre le decía que si se esmeraba para aprender la gramática castellana con la misma intensidad que lo hacía para aprender las jergas peruanas, hablaría mejor que muchos misioneros latinos; pero no, el hecho es que siempre andaba con su papelito recopilando jergas. Esto se había convertido en un problema; primero, porque él se ponía nervioso cuando teníamos que compartir nuestros mensajes; segundo, porque las personas que escuchaban nuestros mensajes no le entendían ni el buenos días; y tercero, porque yo, que soy un corrector empedernido por excelencia, estaba irritadísimo de que no se esmerara como debería.

De cualquier modo, nuestro compañerismo no era el mejor, pero ahí le íbamos dando. Generalmente discutíamos por cualquier cosa. En realidad eran muy pocas las veces que estábamos sintonizados. Pero con todo era un buen tipo; seguramente lo mismo piensa él de mí.

En cierta oportunidad visitamos a una familia que no estaban yendo a la Iglesia por muchos años, y acordamos sacar una cita para compartir un mensaje con el propósito de que regresen a la Iglesia. Mi compañero y yo llegamos puntualmente a la cita. Y la familia Puicón -así se apellidaban- también nos estaban esperando. El clima dentro de esa humilde vivienda no era el mejor, era como si nuestra visita no fuera bienvenida. De todas formas, ya estábamos adentro, así que no había vuelta para atrás. Podía sentir cómo los ojos de toda la familia Puicón se clavaban fíjamente en nosotros. Era una situación muy incómoda, pues no eran miradas espectadoras, sino miradas con bronca… y no estoy exagerando. En ese momento pasaron por mi cabeza un montón de cosas; haciendo honor a mi prolífica capacidad de desconcentración empecé a divagar a través de los insondables vericuetos de mi mente. Me preguntaba “por qué no me quedé en Lima, a seguir en la Universidad”, “en qué estábamos pensando cuando sacamos esta cita”, “acaso tengo un sapo en mi cara, por qué me miran tanto?” y frases de este tipo. Pero estas frases se esfumaron en one, cuando caí en la cuenta de que mi compañero tenía la cara adormecida de tanto sonreír sin pronunciar palabra alguna. Era obvio que quien tenía que llevar la batuta, una vez más, era yo.

Comenzamos enseñando acerca de los principios básicos, con el objeto de que recordaran la doctrina de la Iglesia. Y así continuamos hasta terminar nuestro mensaje; el cual hubiéramos compartido rápidamente si no fuera por las continuas interrupciones de cada miembro de la familia Puicón. Y ya nos aprestábamos a dar por concluida la charla, cuando Demetrio Puicón, el padre, se dirigió a mí con estas palabras: “Todo lo que tú dices es muy bonito, y lo dices porque eres joven y no has vivido la vida aún. Crees que todo es bondad por todos lados. Ya quisiera verte cuando tengas mi edad a ver si continuarás predicando todas estas cosas que dices”. Yo me quebré, porque a este punto había soportado estoicamente toda clase de comentarios sarcásticos, burlas e indiferencias. Pero esas palabras me quebraron. Obviamente repliqué. Pero lo que le dije no es tan importante como lo que me puse a pensar en ese momento.

Mi compañero no necesitó saber conjugar verbos irregulares del español para darse cuenta que lo que Demetrio Puicón había dicho me hizo sentir mal. Y con su español primitivo también replicó dejando constancia de lo importante que era para nosotros compartir y vivir el Evangelio. Cuando terminó todos lo miraron impávidos, con los ojos como platos, con una atención única… pero era desconcierto, pues mi amigo el gringo no se dejó entender. Mas yo le agradecí profundamente el gesto.

Sí, las palabras de Demetrio Puicón me remecieron. “Y si lo que él dijo se cumple” pensé yo. “Y si de acá a cincuenta años ya no soy el mismo, y me olvido de todas estas cosas?” me torturaba. Lo único que atiné a prometerme era de que siempre recordaría las palabras de Demetrio Puicón, con el único fin de darle la contra. Hoy se me hace imposible pensar en lo que me dijo sin renovar esfuerzos por mantenerme en mis cabales. Porque más allá de querer darle la contra, realmente siento que todo lo que prediqué es verdad.

Así que Demetrio Puicón, si estás leyendo esta entrada, quiero que sepas que aún siento que todo lo dije es verdad, y que aún me esfuerzo por vivir acorde a ello. Demetrio Puicón, han pasado ya cinco años y ni siquiera ha habido un amague de que tus profecías se cumplan. Aún permanezco firme, Demetrio Puicón. Así que lee bien: Élder Palacios 5, Demetrio Puicón 0.

Sobre cómo salimos de esa casa es otra historia. Pero me basta con señalar que nunca, mi compañero y yo, nos sentimos tan agradecidos de tener la regla de no comer en lugares fuera de nuestras pensiones, como nos sentimos ese día. Pues, estoy seguro que de haber comido la cena que nos sirvieron este blog no existiría. Otra vez perdiste, Demetrio Puicón.

6 comentarios hasta ahora

  1. El Joseph Mr......B... on

    Tienes Razon mi amigo yo pase lo mis y muchas veces y tambien tengo anotados muchos goles… n_n agradesco q pusieras este comentario ya q me hicistes recordar algunas cosas importante en mi vida… si mas q decir… estas gordoooooo aahhh gracias por lapear a aragon fue muy divertido

  2. julio milla on

    ay winnie pooh!, que t puedo decir , tambien pasé en mas de una oportunidad esa situacion, y me siento feliz x q tambien estoy firme en la iglesia y se q lo estaré por siempre, no debemos dudar ni temer, mas aun q la mision ya pasó y psamos otras experiencias como retornados, aqui se demuestra q clase de misioneros fuimos, cuidate, besitos, jeje

  3. willian aragon on

    bueno gordo, en mi caso ami si me paso un poco eso bueno me refiero no siempre estamos con las ganas de compartir lo bueno pero asi uno este con esas pilas o no todo lo que dijimos en la mesion al predicar el evangelio no dejara de ser verdad asi uno quiera aceptar o rechasar o se inactive uno, este conocimiento no dejara de ser verdad por esa simple razon, pero q mejor si estamos viviendo el evangelio y esto es bueno para uno mismo y como ejemplo de q todo lo que compartimos trae felicidad es verdad
    perdon por mi mala ortografia pero si entiendes verdad jaaja…

  4. Ale on

    La verdad, en este comentario falta mucha humildad. No aprendieron nada en la Misión.

  5. G. Guevara on

    Muy particular la manera de narrar tu experiencia en la mision. Ya tengo de retornado 22 años, y al igual que tu he pasado por lo mismo, mas aun, he sido echado, burlado, insultado, mojado (en carnavales) y hasta amenazado de muerte (por terroristas). Pero las experiencia espirituales han sido mayores y son las eriquecen, elevan, fortalecen y purifican el espiritu; los otros eventos que no son ajenos a la vida en la mision, digamos que que son gajes del llamamiento.

  6. leesolet on

    Hola yo servi en Chiclayo en 95/96 la verdad no encontre a nadie como este hermano en las areas que servi yo soy venezolana y la gente del Peru me parece maravillosa presta a escuhar y a sentir el Espiritu prueba de ello es que tendran otro templo, no se si es correcto que permanezca activo solo para llevarle la contraria a este hermano pero no lo critico si eso te ayuda es valido solo ruego que el hermano Demetrio algun dia regrese a la iglesia a la hermandad de la iglesia y logre lo que todos queremos ser felices.


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